SOBRE EL MAESTRO JESÚS

LAS PRIMERAS ENSEÑANZAS DEL CRISTO

 

Como sabéis, Daniel Meurois es un autor del que soy seguidora incondicional, pues además de tocar temas de mi interés, lo hace con verdadero talento literario y conmoviendo el corazón hasta lo indecible. Logra hacernos partícipes de sus viajes a través del tiempo, sumergiéndonos en escenarios apasionantes de un modo muy vívido. Este libro en particular, de la editorial Isthar Luna-Sol, nos cuenta sobre el tema fundamental sobre el que Daniel escribe, Jesús de Galilea, sobre sus enseñanzas, su carisma, sus maneras, su Humanidad… Recomiendo su lectura y comparto algunos fragmentos.

 

“Cuando tu alma haya comprendido que verdaderamente sufre, entonces, vendrás a buscarme. Primeramente tienes que aprender a reconocer la naturaleza de tu propia ceguera”.

El mundo era inculto y, por lo tanto servil… porque carecía de argumentos para la reflexión. No sabía en lo que creía ni por qué creía en ello.

La libertad de pensar, de actuar y de ser no les puede faltar más que a quienes se han hecho conscientes de estar amputados, es decir, a aquellos que comienzan a despertar de su anestesia.

 

Él vino para sacudirnos y refrescarnos la memoria, no tenía nada que inculcarnos excepto la voluntad de reencontrarnos a nosotros mismos, tal como somos en nuestro interior.

Desde todos los tiempos se ha preferido siempre no tener nada grande delante de sí… sino estar seguro de no correr ningún riesgo.

La tibieza, la pusilanimidad consentida y mantenida le hacían siempre reaccionar.

Jesús, el hombre, era sorprendentemente libre, libre y desconcertante, capaz de cambiar de dirección en un instante, como un animal que hubiera percibido alguna cosa en el viento, un peligro o una invitación. Seguirle era un ejercicio de abandono constante. “Como veis no soy un bloque de granito, mi padre me ha dado libertad de movimiento, entonces la duda que puede experimentar la planta de mis pies es también un regalo… esta es una enseñanza más grande de lo que parece: retenedla…”

Jeshua ignoraba la noción de corte y ruptura. Si alguna vez no deseaba tener contacto con alguna persona o no retornar a ciertos lugares, consideraba su decisión como un paréntesis momentáneo que se vería un día u otro reabierto de manera constructiva, en tiempos más propicios, porque todas las almas son llevadas necesariamente a comulgar al final de su evolución.

Si una relación conflictiva se perfilaba entre Él y algún otro, vivía la situación de manera totalmente desapasionada, un poco como un actor que no se dejase “invadir” por el papel que interpreta y guardase una distancia constante con respecto al escenario. Eso no significaba que adoptase una actitud fría, desapegada o distante en situaciones de tensión. El Rabí podía sentir pena, nunca fue un bloque de mármol difícil de esculpir, tenía solamente una extraordinaria capacidad para distanciarse rápidamente de una situación agresiva o hiriente. Era exactamente el caso de alguien que consigue vivir en el “aquí y ahora”, todo su ser se mostraba capaz de trascender con una velocidad sorprendente cada herida o cada agresión.

La noción de resentimiento le era desconocida. El insulto, la maledicencia o la calumnia no tenían ningún efecto sobre Él… hasta el punto de que podría dar la impresión de ser un cobarde o un miedoso, ¡Dios sabe sin embargo que estos dos tristes calificativos no podían aplicársele! Era Él quien regularmente, por sus prodigios o sus palabras, generaba situaciones en las que podía prever que desencadenarían tempestades y que se volverían contra su persona. El Rabí era en esencia un provocador, no porque le gustasen los ambientes conflictivos, sino porque  estimaba que una parte de la tarea que le incumbía era la de zarandear al ser humano para poner en evidencia sus actitudes mentales entumecidas y tóxicas.

En cuanto a su mirada, si conseguíais cruzarla, era de aquellas que no se pueden rehuir ya que nos escudriñaba detectando algo que nosotros mismos ignorábamos. Muchos se sentían indispuestos por esa mirada, porque tenía la particularidad de poner el alma al desnudo y porque no podíamos engañarle, y eso, evidentemente, no convenía a todo el mundo.

Para Él no era cuestión de imponer nada, no era su manera de ser lo que pretendía inculcarnos. Empleaba más bien todos sus medios para revelar nuestra manera se ser, es decir, nuestro estado de servilismo y de ruptura con nuestra esencia.

El hombre Jeshua no hablaba tan a menudo de su padre como lo pretenden las escrituras canónicas, el hombre, el Rabí, nos hablaba en primer lugar de nosotros, de nuestras inverosimilitudes, de nuestras contradicciones, de nuestra pasividad, de nuestros miedos… como resumen de nuestras pequeñeces a la vista de la arrogancia que mostrábamos. No le seguía el juego a nadie.

El poder sólo se basa en la complicidad pasiva y cobarde de los que lo dejan actuar e imponer su dictamen a menudo injusto. “Todo poder, decía el rabí, es una dominación que se basa en la debilidad de aquellos que han abdicado de la maestría de su propia vida”.

El aspecto humano de Jeshua, no hacía más que reforzar el impacto de la Fuerza que Él asumía, instaurando una proximidad con lo Divino a la que nadie estaba habituado. Este doble aspecto de su personalidad hizo de Él un ser constantemente inalcanzable, a la vez sufridor y alegre, tranquilo y rebelde, pero que iba en una sola y única dirección sin mirar atrás jamás.

Podemos fácilmente adivinar por qué el hombre, tanto como el Maestro de Sabiduría, desencadenaba hasta tal punto las pasiones, provocando conjuntamente rechazo, odio, cólera, desprecio o también admiración, amor, veneración adulación e incluso histeria.

Los Grandes Reencarnados, que los orientales califican de Avatares (encarnación Divina reconocida que se manifiesta de época en época) provocan siempre este efecto sobre la humanidad que Ellos atraviesan como una flecha volando directamente hacia su objetivo. Mezclan las fragilidades humanas con la Fuerza considerada supra-humana. Así la paz que ellos dirigen en esencia, comienza, paradójicamente por suscitar a su alrededor los elementos constitutivos de un campo de batalla.

Cuando no se es el esclavo del ego, cuando no se padecen las pulsiones ni las manifestaciones limitadas y atrofiadas de su realidad, el cuerpo es la herramienta por la cual el Espíritu que nos anima se comunica con la Materia y la aspira hacia Sí.

Pensar con Dios, desde un cuerpo, nos permite manifestar los rasgos fundamentales de la conciencia libre, nos posibilita el afirmarnos, es decir, ser capaz de extraerse de un alma-grupo.

Es expresar un temperamento, una manera de ser, una voluntad autónoma, es asumir del riesgo de equivocarse, tener el derecho a dudar, a dejar manifestarse una sensibilidad, sentimientos e incluso emociones.

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