PURIFICACIÓN DEL SÉPTIMO CHAKRA

 

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Sentados cómodamente, posamos nuestras manos sobre nuestras rodillas, con las palmas giradas hacia arriba.

Permanecemos así de tal modo que nuestro silencio interior y nuestra espera no sean de naturaleza pasiva, sino con la actitud de aquel que invita.

La posición de las palmas hacia arriba va mucho más allá del símbolo de la simple recepción; traduce un estado de espíritu, el de la invitación, no una invitación pasiva que espera, sino la del que se prepara para honrar a su invitado. Tratamos pues de ofrecer lo mejor de nosotros mismos a la Presencia Divina, confundiendo la cima de nuestra cabeza con una copa que se pondrá a Su disposición.

Descubrimos el verdadero sentido del dejar hacer y el discurso profundo del silencio perfecto, ya que lo que vamos a ofrecer es el relajamiento del cuerpo y del corazón, la calma del mental y de la emoción, y nada de todo esto puede llenar la copa que ofrecemos al contrario ¡eso la vacía!

Nuestro trabajo de anfitrión por tanto consiste por tanto en crear el vacío, un vacío nutrido de felicidad.

La cima de nuestro cráneo se vuelve la Copa, vacía de lo que no es nosotros… pero llena de la vacuidad sagrada por la que Todo puede y debe ocurrir.

Viviendo esta actitud, sentiremos progresivamente que la cima de nuestro cráneo se invierte o se encorva en energía, como una copa.

Tratamos ahora de percibir la presencia de un bello sol blanco a unos 50 centímetros por encima de nuestro cráneo.

Tranquilamente, suavemente, este sol va a empezar a dejar caer, una tras otra, siete gotitas de oro sobre la cima de nuestro cráneo.

Sin forzar, sentimos el descenso de estas siete gotitas y su contacto golpeando exactamente en el mismo punto de nuestro séptimo chakra, hasta percibir físicamente su impacto.

Tomamos conciencia de la realidad de nuestro octavo chakra y le pedimos su ayuda para realizar la purificación de nuestro centro corona.

Si bien la plena expansión del séptimo centro marca un giro decisivo en la iluminación del ser liberándolo de la rueda de las reencarnaciones, no significa sin embargo el final de la expansión de su alma, pues más allá del séptimo chakra empieza otro viaje de la conciencia, un viaje que, en verdad, nunca tiene fin.

El octavo chakra existe en germen en todo ser humano y permanece en este estado de embrión hasta que conseguimos llegar a cierto grado de expresión luminosa de la vida que lo habita. Este embrión, el embrión de una “conciencia por venir”, crece incluso si el centro coronal está aún lejos de estar completa y definitivamente abierto.

El número siete incita a nuestro ser a pasar una puerta, es decir, a pasar de un sistema de referencias a otro. La energía que caracteriza a este paso es la del Espíritu Santo.

Ahora, realizamos varias largas respiraciones, a nuestro ritmo.

En esta pausa llamamos en nosotros a una renovación, Nuestro deseo es entrar en una nueva “Comunidad de Espíritu”; las gotas de oro nacidas de la esfera naciente de nuestra supra-conciencia evocan el hecho de golpear a la puerta que queremos franquear. Una vez que esta puerta se identifica y se cruza, nuestra bóveda craneal se transmuta energéticamente en una copa.

Renovamos la caída benéfica de las siete gotitas de oro y la percepción de su contacto con la cima de nuestro cráneo.

De nuevo, nos dejamos llevar por las mismas largas respiraciones que anteriormente.

Por tercera y última vez, invitamos al sol blanco que se encuentra por encima de nuestra cabeza a dejar perlar otras siete gotitas de oro. Más que nunca percibimos el contacto de estas sobre nuestro chakra coronal.

El número total de gotitas es pues veintiuno, el cual correspondía para los egipcios al Mundo en su aspecto ilusorio y giratorio. La Danza de Shiva… danza cuyo fin último es el de darnos vértigo, el de embriagarnos con el fin de que nazca finalmente en nosotros la voluntad imperiosa de salir del “fuego artificial” de las apariencias. Salir de la danza de Shiva supone un punto de transmutación, una decisión que hace daño porque supone la ruptura definitiva con los conceptos que nos han encadenado en la agotadora mecánica de las reencarnaciones… Una decisión sin embargo infinitamente liberadora e incontestablemente la más bella que una forma de vida pueda tomar.

“Recibir en sí la fuerza del veintiuno, es por fin verlo claro…”

Llamar a nuestro séptimo chakra a limpiarse veintiuna veces es una acto de Despertar.

Respetamos ahora un momento de silencio interior, hasta que sintamos que ha cumplido su cometido.

Emitimos ahora un largo y grave zumbido con la parte de atrás de nuestra garganta o, si lo preferimos, el sonido OM tradicional.

No es el sonido en su aspecto agradable lo que importa sino más bien la vibración en la que entramos, una vibración que ha encontrado su “punto de paz” más allá de toda preocupación de orden estético. Este punto de estabilidad sólo puede encontrarse en el hara no siendo nuestra garganta otra cosa que la “puerta de salida” del sonido mientras que el cuerpo entero se vuelve su caja de resonancia.

El sonido emitido, debe así resultar de un verdadero centrado de nuestro ser.

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