TEKLA – EL OCTAVO CHAKRA

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TEXTO

Con la paz en el corazón y el espíritu vacío, posamos las manos sobre las rodillas, con las palmas hacia arriba.

Mantenemos así un largo silencio, centrándonos y entrando en lo más profundo de este silencio hasta percibir en él el canto del prana, una especie de silbido continuo en el centro de nuestro cráneo.

En meditación con nosotros mismos, libres del control de la respiración y de la duración de lo que vivimos, llamamos a nosotros a un estado de trascendencia. Nuestro vacío mental y emocional no es una ausencia de vida ni una desconexión sino el principio de entrada en la Vida en su sentido original, un movimiento tan lleno y tan fundamental que no tiene nada que ver con las agitaciones de las existencias humanas.

No es lo mismo existir que vivir.

Entrar en la dimensión del octavo chakra es comenzar por domesticar nuestro silencio interior.

Es este un silencio tangible y muy habitado al que nos acercamos a través del estado de vacuidad, aunque sea por unos instantes, una especie de espacio que se abre en el hueco del alma y que proporciona un anticipo de eternidad, de presente expandido.

Es una ausencia de pensamiento, un espacio dilatado entre dos segundos de nuestro tiempo al que se accede a través de la confianza total en el espíritu que nos habita y que es nuestra verdadera esencia.

Tomarse el tiempo de escuchar el sonido del prana en uno mismo es esencial si deseamos entablar un diálogo con nuestra realidad primera y que nuestra conciencia nos tienda la mano.

Cuando nos abandonamos al sonido del prana que puebla el silencio, ya no somos simplemente su oyente, sino que entramos en él, no en una vibración monótona sino en una descomposición en armónicos en donde cada nota lleva su propio mensaje.

Penetramos en ese armónico

Intentamos ahora percibirnos a nosotros mismos desde el exterior y en altura, como si estuviéramos suspendidos “en el aire”, integrados en la esfera de luz blanca de nuestro octavo chakra.

A medio metro por encima del séptimo chakra, nuestra conciencia se sitúa en el extremo de una ducha imaginaria, observando nuestra bóveda craneal.

Nos integramos en el espacio ocupado por el resplandor de nuestro octavo chakra. Nos hacemos uno con el sol blanco de nuestro “supra-mental” y nos observamos a nosotros mismos desde lo alto.

A través del relajamiento del ser y de la mente, dejamos de asimilarnos a nuestra realidad corporal densa y más que visualizar, nos identificamos, nos fundimos con el principio de Tekla.

Con esta imagen mental estabilizada en nuestro espacio interior, y “observándonos desde arriba”, dejamos caer desde el centro de nuestra conciencia gotitas de oro sobre la cima de nuestra cabeza que está bajo nosotros.

Poco importa el número de estas gotitas. No las contamos. Sin embargo, se recomienda no prolongar más allá de dos o tres minutos este estado de exteriorización de la conciencia.

Somos a la vez el emisor y el receptor, nuestra dimensión divina se vierte sobre nuestra dimensión encarnada, la inunda de una comprensión sagrada y la limpia. Representa una síntesis de todas las prácticas de purificación precedentes.

Sentimos resbalar las gotas de luz sobre el conjunto de nuestro cuerpo como si recibiésemos la lluvia o una ducha.

Mantener nuestra conciencia en el centro del sol blanco al tiempo que y percibir simultáneamente gotas de luz sobre nuestro cuerpo, mantenernos a la vez “exteriores” a la realidad de nuestro cuerpo y conectados con ella es un secreto que tiene que ver con la unidad. La aparente oposición que nos plantea se debe al hecho de que aún dividimos, separamos, el interior y el exterior, lo alto y lo bajo…

Cuando logramos fundirnos verdaderamente en el Sol de la Conciencia superior, hacemos uno con todo, nuestro espíritu y nuestra alma se unen a la superficie de nuestra piel y a las profundidades de nuestras entrañas.

Ningún ejercicio preciso nos hará descubrir y experimentar este estado bendito, porque es la síntesis, única para cada uno, de las miríadas de caminos que nuestro ser ha tomado desde el Comienzo de los Tiempos.

Hacemos descender nuestra conciencia de nuevo a nuestro cuerpo, a nivel del corazón y cruzamos los brazos sobre nuestro pecho, con el derecho sobre el izquierdo.

Permanecemos así en un largo silencio, saboreando los beneficios de la “ducha de luz” recibida.

 

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