PURIFICACIÓN DEL PRIMER CHAKRA

 

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Texto de la meditación

Nos sentamos confortablemente, con los ojos cerrados y ambas manos sobre las rodillas, con las palmas hacia abajo.

Después de algunas respiraciones lentas, cuando se haya instalado en nosotros cierta quietud, situamos nuestra atención en la base de nuestro cuerpo tratando de percibir en ella la presencia de raíces (red de filamentos color plata que emanan a nivel energético de nuestro chakra de la base) que se hunden en el suelo, como si fuésemos un árbol. Intensificamos esta actitud interior hasta percibir una especie de pesadez, cierta fuerza de gravedad, como si nuestro cuerpo estuviera imantado por el suelo y se hundiera en él.

Una vez que este anclaje de nuestro ser está fijado, los cimientos del trabajo son estables y podemos orientarnos hacia lo “alto” con el fin de invitarlo a reunirse con lo “bajo”. Lo “alto” en cuestión corresponde al embrión de nuestro octavo chakra. Este disco luminoso, cuya radiación evoca a de la luna, varía su tamaño de una persona a otra en función de su desarrollo profundo: no de su grado de saber en materia metafísica, sino de su conocimiento, de una floración de la conciencia consecuencia de una realidad vivida, de un verdadero trabajo de maduración basado en el amor a lo largo de la historia del ama. En este caso, flota en la cima del haz de luz del séptimo chakra y mide unos diez centímetros de diámetro. Este octavo chakra va a permitir la comprensión clara y la integración en el cuerpo de la conexión directa con nuestra herencia divina.

Llevamos entonces ahora la atención por encima de nuestro cráneo, a unos cincuenta centímetros, y tratamos de percibir ahí la presencia de esta bella esfera de luz blanca.

No se trata de forzar su percepción proyectando un deseo o una visualización, sino de percibir su realidad emergente y de sentir su presencia tranquilizadora y nutriente, mediante una actitud de abandono, un “dejar hacer” a nuestra conciencia en nosotros, orientándola solamente con un pensamiento confiado y amable hacia la zona indicada. Su percepción llegará de un modo tímido y progresivo.

Invitamos ahora a esta esfera a descender lentamente en nosotros, a lo largo de nuestro eje dorsal, y a su estabilización radiante en la base de nuestro cuerpo. 

La invitación transcurre como si una compuerta se abriese en la cima de nuestro cráneo dejando pasar la materia luminosa del octavo chakra como si fuese una presencia acuática. El descenso debe ser fluido, progresivo y suave a lo largo de la columna vertebral. Sentimos interiormente si en alguna zona parece ofrecer algún tipo de resistencia al descenso de la luz, sin entretenerse en ella ni formularse preguntas, el objetivo tan solo es alcanzar apaciblemente la zona del primer chakra, exactamente en el perineo.

Una vez en el perineo, dejamos que la ‘sustancia luminosa’ que emana del octavo chakra inunde sin contención esta región con su radiación color de luna. Nos tomamos un tiempo para este matrimonio energético.

Con una lenta inspiración por la nariz, dejamos que la energía esférica de radiación blanca que ha inundado nuestro chakra base gire sobre sí misma en la base de nuestro cuerpo. El sentido de rotación, desde un punto situado en el perineo, es de subida por delante y de bajada por detrás.

En el lento movimiento de la inspiración tomamos consciencia de la presencia de la “serpiente” del Kundalini, es decir, del inconmensurable depósito de fuerza que caracteriza al chakra base, una “serpiente de poder” a la que no hay que acercarse sino con mil precauciones, pero que se vuelve una serpiente de redención cuando es reconocida, amada y abrazada por el Conocimiento que emana de nuestra realidad superior, en particular del octavo chakra, todo amor y comprensión.

Durante una espiración igualmente lenta, hacemos que esta esfera gire más rápido.

La aceleración de la serpiente de luz en la espiración desempeña el papel de una limpieza de los canales sutiles que irrigan toda la zona baja del cuerpo.

Este ejercicio no toca de ningún modo el depósito del Kundalini, sino que limpia las vías de acceso a este.

Practicaremos por tanto siete inspiraciones y sendas espiraciones de este tipo, con una corta pausa entre cada “ciclo”, donde respiraremos libremente.

La repetición de la toma de conciencia y puesta en movimiento de la serpiente luminosa es necesaria para la obtención del efecto purificador. Elegimos el número siete porque simboliza la limpieza o calcinación en aras de una regeneración.

es inútil instalar mentalmente un contador en uno mismo si este retiene nuestra atención en detrimento de la observación de lo que ocurre en nuestro cuerpo. No tendrá ninguna incidencia negativa el que se realicen 6, 8 o 9 repeticiones.

El rabí Jeshua no concebía un ejercicio como algo petrificado en el seno de un cercado, sino como un camino en el que toda limitación penosa debía estar ausente…

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