EL PROCESO DEL PERDÓN

PERDÓN

El perdón es el proceso que Un Curso de Milagros nos propone para sanar nuestra mente separada y por tanto enferma. El perdón nos invita a reconsiderar cada situación dolorosa para acceder a una nueva interpretación, desde la visión del amor. Este cambio de percepción es el milagro, el cual, deshace el sufrimiento.

Cuando algo “de fuera” te active internamente, sea una persona, situación, pensamiento sobre ti mismo, o cualquier cosa, lo primero es reconocer ese sentir conflictivo como la alarma que nos avisa de que hay algo que perdonar, algo que sanar. Es muy importante pues la atención continua a nuestro sentir, pues sanar nuestra mente para regresar a casa es nuestra única función en este mundo ilusorio.

Sin el conocimiento del perdón, inevitablemente seremos guiados por las consignas del ego, interpretando la situación “externa” como una agresión, buscando a un culpable y atacando reactivamente en “legítima defensa propia”, o bien conteniéndonos por miedo a las represalias y atacándonos a nosotros mismos; en cualquier caso nos sentiremos víctimas inocentes de un mundo capaz de atacarnos en contra de nuestra voluntad, y carentes de todo poder, y en ningún caso consideraremos que la causa de nuestro sufrimiento pueda ser nuestro modo de pensar.

Todo este sistema de pensamiento errado llamado ego se sostiene en base a una idea fundamental: la creencia de que somos individuos separados, de que es posible vivir ignorando la unidad.

Si estamos dispuestos para ello, el Curso nos saca de esta visión de las cosas presentándonos una relación causa – efecto entre nuestros pensamientos y el aparente mundo externo, de modo que vamos comprendiendo que toda escena concreta que parece desarrollarse fuera se trata de una proyección de mi propia mente, una escena que brota de una culpa abstracta, debida a la creencia en la separación y de la que buscamos deshacernos reprimiéndola en el inconsciente. Ese inconsciente es luego colocado fuera, culpando a otro para así acceder nosotros a un precario sentimiento de inocencia, a un alivio de la culpa que haga el miedo soportable, pero sin sanar nunca, pues se necesita de este miedo en nuestras mentes para que el ego viva, o lo que es lo mismo, para conservar nuestro mundo ilusorio, el cual creemos aún necesitar.

En este estado de cosas, todo conflicto percibido fuera es en realidad el único modo que tengo de conocer lo que en mi mente necesita ser sanado. El ataque y la búsqueda de culpables ya no tiene sentido, pues buscar un culpable fuera, más allá del supuesto alivio momentáneo que parece generar y comprendiendo que no hay un “otro” sino una proyección de mí mismo, sólo supone, en realidad, reforzar la culpa en mi propia mente.

Ahora sabemos que lo que pasa fuera es una proyección de nosotros mismos, un reflejo de nuestro interior, el cual no necesariamente se da en la misma forma, pero sí en el fondo, por ejemplo, si una mujer está molesta porque su marido bebe, puede ser que ella no beba pero también tienda a tapar y esquivar sus problemas en vez de enfrentarlos, la mayoría de las veces se trata de cosas que nos hacemos a nosotros mismos, por ejemplo, si me siento engañado por alguien probablemente yo me engañe a mí mismo.

Esta información nos lleva a comprender que nada puede dañarnos excepto nuestros propios pensamientos (pues cualquier cosa que haya interpretado fuera es algo que ya estaba en mí y que proyectó y filtró el acontecimiento en torno a esa programación) y nos invita por tanto a la responsabilidad.

Se nos pide pues que renunciemos a cualquier juicio o culpabilización que explique mi sufrimiento, así como al intento de cambiar o arreglar las cosas fuera con el fin de aliviarnos dentro, pues sólo estaríamos actuando sobre un efecto.

Cuando, en mitad de un conflicto donde sentimos ser agredidos y dañados, y donde todos nuestros sentidos y la lógica de este mundo parecen dar testimonio de esta agresión, se nos pide que nos pongamos en disponibilidad para aceptar que estamos equivocados, y para mirar la verdadera causa de mi sufrimiento -mis propios pensamientos- se nos está pidiendo una madurez que roza lo heroico.

En este punto hace falta hacer acopio de toda nuestra capacidad de humildad y  buena voluntad.

No se trata de intentar ver lo que no vemos, obligarnos a sentir paz cuando aún no la sentimos o ver inocencia donde aún vemos a un culpable, pues el cambio no se fuerza ni se finge, el cambio ocurre. Ocurre cuando, en la mente, se ponen los medios.

Bastará entonces, para comenzar, con que nos aquietemos y nuestra voluntad y determinación alcancen para atrevernos a poner en tela de juicio, a cuestionar, la fuente de todo eso que sentimos y que nuestra percepción parece situar fuera.

Se nos pide únicamente que estemos dispuestos a desconfiar de nuestra percepción, que reconozcamos que no sabemos.

Decidimos no atacar ni sacrificarnos, no juzgar, ni a la vida, ni al otro ni a nosotros mismos. La inevitable tendencia al juicio de nuestra condición de seres separados que el ego utiliza para evaluar y culpar al mundo, pasa a utilizarse ahora con un único fin: detectar si mi mente está en paz o en conflicto. Este será el único juicio que tendrá sentido en un proceso de perdón.

Esta propuesta de mirar dentro puede resultar aterradora, pues lo que veremos no será nuestra cara de inocencia,  ¡pero no nos quedamos aquí!, nuestra percepción no sabe, pero aún conservamos el recuerdo de lo que verdaderamente somos, nuestro guía interno, una instancia mental más amplia que sí sabe y que espera ser invitada para que su luz pueda irrumpir en las tinieblas y proporcionarnos la nueva visión de paz. La luz del Espíritu es nuestra realidad, es nuestra propia luz, presentada como un guía que nos recuerda quién somos.

Así que, rápidamente, pedimos ayuda a este guía que el Curso llama Espíritu Santo, la parte de nuestra mente que es Dios, que es luz, esencia, unidad, amor o verdad. La parte de nuestra mente que está sana. Su presencia nos da la luz para contemplar nuestra sombra, al tiempo que nos susurra que somos inocentes, que lo que vemos no es real, que puede ser corregido. Sólo acompañados por este poderoso “amigo” podremos ver lo tenebroso en nosotros, podremos transitarlo como un estado transitorio y en total confianza en la inteligencia del proceso, un proceso que desemboca finalmente en la paz del reconocimiento de lo que está más allá de las negras nubes.

Si aún no puedo ver inocencia, me aquieto, desconfío de mi percepción y me vuelvo receptivo a una respuesta nueva. Deseo de todo corazón desprenderme de mi modo de ver, pues me hace sufrir, y pido ayuda para que una perspectiva más amplia de las cosas me alcance. Hace falta esta orientación interna, pues la luz no se puede imponer y necesita ser invitada. Todo comienza con un acto de voluntad.

Da igual la forma o magnitud que adopte lo que creemos que nos han hecho o que hemos hecho, no hay error que no se pueda corregir, pues para la mente no hay grados y además tú mismo lo has inventado. Aunque tú no puedas imaginar cómo, el perdón sabrá como abrirse camino. La verdad deshace la culpa porque la verdad es el amor que lo abarca todo, y que incluye a todos. El amor es la conciencia de unidad.

Poder hacernos responsables de nuestro dolor y trascenderlo, requiere entrenamiento.

No nos culpamos tras reconocer que lo que pasa afuera es nuestro, pues es falso, y puede ser corregido, simplemente nos responsabilizamos, ponemos el foco dentro, donde están tanto el problema como la solución. Tampoco nos culpamos cuando, en el camino, no consigamos no reaccionar, no atacar… no añadamos culpa a este momento, es una trampa, simplemente aplicamos el perdón a esa culpa si aparece y seguimos adelante, con implacable determinación.

El hecho de que una parte de nuestra mente permanezca en la sombra no indica que seamos culpables pecadores, sino únicamente que vivimos ignorantes de quien somos, un error que, de la mano del Espíritu, puede ser corregido. Desechamos el pecado, pero reconocemos los errores, y podemos hacerlo sin miedo porque ningún error tendrá consecuencias en nuestra realidad.

No se te pide que te sientas bien inmediatamente ni que tengas que ser invulnerable a los aparentes ataques de los demás, ni que no te actives internamente, simplemente se te pide una pequeña dosis de buena voluntad, a saber:

– darte cuenta de cuándo te activas internamente, de cuándo te sientes mal, y poner ahí el foco de atención,

– reconocer que estás cometiendo un error, pues te sientes mal y nada real (lo único real es el amor) puede quitarte la paz,

– aceptar la responsabilidad de aceptar que la causa de tu malestar no es nada ni nadie externo a ti, sino una idea en tu mente (una creencia que marca la interpretación del hecho),

– pedir ayuda: realizar la alianza con el espíritu en ti,

– ya de la mano de la voz de la razón en mí, me atrevo a mirar mis pensamientos privados, mis manipulaciones, mis intereses, mi asesino interno… identifico mis ideas limitantes, las falsas creencias… llevo mi sombra ante la luz

– conectamos con la voluntad de soltar esas ideas, nuestras “razones”,

– confiamos en que el proceso de sanación de la mente está en marcha.

Con paciencia, determinación y confianza, la paz llega, o más bien terminamos por aceptarla, pues la paz siempre está presente en el centro de lo que somos.

Con el tiempo nos será cada vez más fácil detectar hasta nuestro más leve fruncimiento de ceño, ver de qué modo eso que vemos fuera es nuestro, nuestras creencias limitantes irán aflorando a la luz de nuestra conciencia, y una a una las iremos soltando, entregándoselas al Espíritu para que las reinterprete a la luz del amor.

Este modo de entender las cosas es la base del perdón, no el perdón humillante de quien pasa por alto la realidad de los pecados desde la superioridad,  o de quien se une a sus desgraciados hermanos en un pecado compartido, sino el perdón que libera de la culpa y corrige el error. El cambio de percepción que el perdón otorga, reconoce la inocencia de nuestro hermano y la nuestra, y la beneficencia de todo suceso de la vida, y este reconocimiento pertenece al reino de la experiencia.

Todo este proceso no tiene que ver con lo que se haga o deje de hacer con la situación, sino con lo que se piensa de ella. La cuestión es qué parte de tu mente voy a elegir como guía, el amor o el miedo. La cuestión es comprender lo que la situación me está contando de mí y lo que me pide. Desde la comprensión cualquier acción estará bien.

Pensar y procesar de este modo no quiere decir que no se deba expresar mi malestar o mis necesidades o poner límites, o decidir separarme de una persona, si así lo deseo o lo exige el amor por mí mismo, siempre y cuando lo haga sin atacar y el perdón se verifique en mi mente. Lo importante es el proceso mental, el lugar de comprensión desde el que se actúa.

Ver la verdad de la situación también implica que si nos expresamos, detectemos la posible intención de manipular las situaciones, es decir, de provocar un resultado determinado. No nos expresamos para controlar ni para demandar, sino por nuestro propio proceso evolutivo. Esta capacidad de abrirnos y exponernos, habla de nuestra auto-confianza.

Al principio no es fácil, pero es posible y necesario, y siempre hay respuesta, con lo que cada vez es menos difícil.

En las dificultades de este proceso, nos apoyamos en nuestro silencio interior, donde podemos escuchar la voz de nuestra razón, la voz de Dios en nosotros.

Progresivamente vamos dejando de desear nada externo que nuestro ego crea que le conviene, pues ni podemos controlar ni sabemos lo que nos conviene, y nos dedicamos a aceptar plenamente lo que nosotros mismos vamos creando en nuestras vidas dedicándonos, en alianza con el espíritu, a transformarlo, a utilizarlo como herramienta didáctica, a ver cada suceso de nuestra vida como el escenario perfecto para sanar.

No rogamos infantilmente a Dios que nos libre de las proyecciones de nuestro sueño, pues si Dios alterara la lógica sucesión entre la causa de nuestra mente y el efecto de su resultado, su único mensaje sería la negación del poder de nuestra propia mente. Lo que nos orientamos a pedir en cambio es el entendimiento necesario para aceptar, amar, entender, vivir con paz y finalmente trascender, cualquier suceso que parezca acontecer, pues también confiamos en que todo en el destino de cada cual es pertinente y en que no se nos pondrá más de lo que podemos manejar. Todo sufrimiento es una ilusión de la que se nos están dando las herramientas para deshacer.

Si reunimos la pequeña dosis de buena voluntad que se nos pide, para poner en práctica, sincera y persistentemente, implacablemente, una y otra vez, cada instante de nuestra vida, el proceso del perdón, nuestra mente se transformará y el mundo con ella… casi sin darnos cuenta iremos sanando.

Ahora en vez de locura, proyectamos inocencia. Lo que antes nos molestaba ya no nos molesta, donde antes reaccionábamos ya no lo hacemos, donde antes había miedo ahora hay confianza, donde antes veíamos horror vemos ahora belleza, y donde antes buscábamos obtener ahora queremos dar, porque tenemos y nos sobra… esto es el milagro.

Buena práctica.

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